El Jagual de mis sueños.

Las campiñas de mi infancia están todas guardadas conmigo y en el peregrinar por las ciudades siempre me han acompañado para preferirlas. Allí está el cocal, con sus 26 árboles que servían de pórtico entre el camino real y la casa más linda que se haya habitado jamás. Desde el lateral izquierdo, dos eucaliptos que nunca envejecieron ni dejaron de crecer hacían de madres para abrir el rastrillo a la serventía, mientras las medialunas protegían los florecientes platanales cual barrera rompe vientos del este.
Y al fondo de mi palacio el intenso verdor acusaba al río, bordeando casi la mitad de las 12 rosas de tierra que mi abuela había heredado, el río prohibido para los niños en tiempos en que ninguno desafiaba las órdenes- consejos de los mayores.
Las tardes albergaban mis libros preferidos en el castillo forrado con tablas de algarrobos, cedros y guásimas, donde el guano curiosamente amarrado hacía las veces de techo al que ningún ciclón tuvo el valor de levantar. Todavía conservo mi primer ejemplar: Las aventuras de Tom Sawyer. Después vivieron a mi alrededor los personajes de Verne, Salgari, La Avellaneda…..
En las mañanas, lo primero que presagiaba la escuela era aquella palma sola que desgajaba sobre el níveo Martí que conocí. Sólo muchos años después, leyendo a Guillén comprendí el significado de aquellos instantes. Mis atardeceres, en todos mis caminos, tenían el encanto de señoriales palmas batiendo al compás del viento. Ese majestuoso vaivén aún me inunda el alma.

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