Cierta  tarde, una joven que visitaba el Camagüey  y a quien sus padres habían arrancado  sus paisajes  patrios desde los 4 años, salió  del aeropuerto  solo buscando sus palmas. Alguien le había convencido de que en Cuba ya no  se veían,  “Fidel las  había mandando a arrancar”.  No supe bien si era la sutileza del desarraigo  o  el absurdo desempolvado. Ví  lágrimas en sus ojos  ante el majestuoso  batir de  mis palmas.

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